Un índice para guiarnos…

Publicado por Antonio Bretón en

En el universo de la economía «oficial» habitan innumerables datos, indicadores, estadísticas, etc. que nos aportan una imagen de nuestra actividad social desde el punto de vista del «Crecimiento» de la riqueza. Un concepto incuestionable a priori y que marca las políticas sociales y económicas que se promulgan desde instituciones públicas y privadas desde hace décadas.

Así observamos con plena atención los datos del PIB nacional y local (Producto Interior Bruto), el IPC, o datos de desempleo y productividad. Antaño, en un contexto de redistribución de la riqueza a través del estado de bienestar (en mayor medida en la Europa norteña). Estos indicadores sacrosantos nos indicaban la mejora del bienestar de sus habitantes. Al menos en una perspectiva gruesa y poco afinada, pero relativamente acertada.

Con el devenir del siglo XXI surgen nuevos elementos como el establecimiento masivo de internet y sus tecnologías asociadas, la aparición de megacorporaciones de plataforma y sobre todo, la desregulación financiera que nos trae el neoliberalismo. En este contexto socioeconómico, se produce una brecha cada vez más amplia en la relación entre indicadores macro y bienestar social-personal.

A un crecimiento del PIB o un descenso del desempleo no acompaña una renta familiar más elevada, una estabilidad en las vidas de las personas o una mejora de su bienestar personal. La desigualdad ha ido creciendo paulatinamente con el nuevo siglo de manera exponencial. Y no sólo en la comparación de los más ricos con los más pobres o la clase media, que de por sí ya es escandalosa. Hoy, en nuestro país sabemos que tener trabajo no garantiza el acceso a los recursos más básicos de una persona. Y aparecen, en este contexto de empleo, conceptos como pobreza energética, sinhogarismo, malnutrición infantil, etc. asociados a una extensión del trabajo precario.

Desde hace décadas, han aparecido propuestas de análisis socioeconómico que aborden directamente el bienestar de las personas, las familias, las sociedades en general. Contamos con Índices de felicidad como el de Bután, la ONU, la OCDE, etc., e índices de bienestar locales auspiciados por ayuntamientos, corporaciones, instituciones y universidades por todo el planeta. Aunque con escasa influencia sobre políticas locales, nacionales o internacionales.

La crisis financiera global, puso de manifiesto la oposición y el descontento de la amplia mayoría de la ciudadanía mundial hacia el sistema económico actual. Entendiendo que no es capaz de atender las necesidades de las personas y sólo adecuado para una escasa minoría, pero con gran poder de decisión.

Así, han aparecido multitud de propuestas alternativas al modelo capitalista neoliberal. Economía del Bien Común, Economía Social, Economía Circular, Economía Azul, Economía del Decrecimiento, Economía Feminista, Economía Colaborativa, … Economías que están siendo impulsadas desde algunas administraciones y organizaciones sociales.

Sin embargo, a la hora de establecer estrategias de desarrollo desde estas propuestas, el análisis en el que basarse no puede ser el mismo que nos ha llevado al estado actual. Los indicadores tradicionales sirven para sustentar los paradigmas del sistema neoliberalismo que los creó. Son necesarios, pues, nuevos enfoques asentados en nuevos indicadores cuyo centro de análisis sea el bienestar de las personas y su comunidad.

La Economía del Bien Común es un modelo económico eminentemente orientado a la transformación desde el primer momento. Nacida en el seno de la realidad de un grupo de empresas austríacas, este grupo de empresas junto a Christian Felber, profesor de la Universidad de Viena, pusieron su empeño en la creación de herramientas que permitieran, a las empresas y su entorno social, adquirir consciencia del efecto de sus acciones productivas y económicas sobre su entorno social y medioambiental.

En este sentido se abordo la necesidad de crear desde la experiencia, el Balance del Bien Común para analizar y transformar las organizaciones y el Índice del Bien Común orientado a los territorios locales.

La propuesta de un Índice del Bien Común desde este modelo, podría antojarse una réplica de otros índices de bienestar o felicidad. Sin embargo, la EBC y su IBC plantea la necesidad, no acogida por el resto de propuestas, de contar con la participación de la ciudadanía desde la misma definición de los conceptos a analizar. Es la ciudadanía quien debe definir lo que es relevante para su bienestar común y su felicidad individual.

Es en este sentido, en el que es fundamental desarrollar un índice útil para una comunidad local teniendo en cuenta la realidad concreta de dicha comunidad. Ante todo,  para diseñar políticas coherentes con las necesidades de sus ciudadanos y no desde la perspectiva de colectivos con gran capacidad de influencia y por tanto de sus propios intereses.

Esta nueva orientación pretende dotar a las instituciones, organizaciones y colectivos de un análisis lo más cercano posible a los intereses de todos los ciudadanos desde la perspectiva de las necesidades individuales, pero sobre todo desde la perspectivas que los ciudadanos tengan del bienestar común; el Bién Común.

Estamos convencidos, y así lo vamos constatando desde la experiencia, que la consciencia es la antesala de la transformación. Una perspectiva centrada en la persona, y no en el dinero, el crecimiento y la desigualdad que suponen, requiere de indicadores coherentes que faciliten la toma de decisiones estratégicas por parte de aquellos que nos representan. Generando así políticas y acciones más eficaces para el conjunto de los ciudadanos.

Ahora, sólo nos queda iniciar el camino inexplorado, pero con la brújula marcando el norte en el ser humano y su entorno natural al que pertenece. Y, como dijo el poeta, el camino se ira haciendo al andar…


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